‘No nos cabe tanta comida’

‘No nos cabe tanta comida’


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Esta semana tocan las partes de la casa en la clase avanzada. Vocabulario de las distintas habitaciones y muebles. Quince niños en silencio hacen ejercicios de relación y practican cómo se escribe ‘sofá’, ‘salón’, ‘cama’ o ‘baño’. En la otra clase, Hassam ha salido a la pizarra y trata de escribir la frase que le dicta el profesor: ‘Elisa se alisa el pelo’. Un trabalenguas para cualquiera que no sepa castellano. Una misión casi imposible para unos niños que hace apenas un mes no conocían el alfabeto latino y que hoy son capaces de seguir una clase de alfabetización.

Es un martes cualquiera en los pasillos del IES Abyla de Ceuta. Uno de los cinco institutos de la ciudad autónoma que acogen entre sus puertas a casi 200 de los 1.200 menores marroquíes que entraron en la crisis de mayo y que han sido escolarizados siguiendo la ley. En el Instituto de Enseñanza Secundaria Abyla tienen dos grupos de quince niños cada uno aproximadamente, a comienzos de septiembre eran menos, pero este pasado miércoles 20 de octubre, ampliaron sus grupos con siete alumnos más.

Los nombres son ficticios para preservar la identidad de los menores. Es el principal requisito para que los periodistas podamos flanquear el hermetismo que el Ministerio de Educación, de quien dependen estos menores cuando están en los centros escolares, ha impuesto desde hace unas semanas. La información obtenida ha sido fuera de las aulas, a las que los medios tienen prohibido entrar, y a través de entrevistas con los responsables de distintos centros de los programas de escolarización de los menores inmigrantes. Reproducen, en definitiva, conversaciones con los profesores después del horario lectivo.

Entrada del IES Abyla, uno de los centros donde estudian los 'menas' marroquíes.


Entrada del IES Abyla, uno de los centros donde estudian los ‘menas’ marroquíes.

Ana Chueca

El IES Abyla, IES Almina, IES Siete Colinas, IES Clara Campoamor y el IES Luis de Camoens son los cinco institutos de Ceuta entre los que se reparten los menores marroquíes. La delegada provincial del Ministerio de Educación y Formación Profesional (MEFP), Yolanda Rodríguez, informó de que en primera instancia se escolarizaron 174, de los cuales se incorporaron 163. Con la última incorporación de menores, la cifra se eleva a 183.

En octubre ha habido 18 bajas con una asistencia del 95% y un balance “más que positivo”, según declaraba Rodríguez el pasado martes 19 de octubre. Justo cuando también anunció que al día siguiente, el mismo miércoles, se iban a incorporar 37 nuevos estudiantes. Dónde estaban esos cuarenta niños o por qué no se habían escolarizado antes, no se sabe.

En su última valoración, Rodríguez explicó que la mayoría de estos niños no estaban escolarizados en su país de origen, pero que se han encontrado “casos con altas capacidades y algún estudiante que domina hasta cuatro idiomas”.

Los niños marroquíes escolarizados están lejos de ser la parte más numerosa. La mayoría, un número indeterminado, todavía deambulan por la calle, se esconden por los montes o en las escolleras, viven en asentamientos improvisados o se han ido en pateras o gomas que apenas flotan.

La escolarización se basa principalmente en un programa de alfabetización para que los niños puedan obtener competencias en español antes de integrarse con el resto de niños españoles. “Es como una clase de idiomas”, explican Roberto Rodríguez, Arantxa Muñoz y Antonio Román Margallo, los profesores de estos grupos del instituto Abyla. “Hacen ejercicios de vocabulario, dictados, fichas de relacionar dibujos con palabras… Como cuando aprendíamos inglés en el cole, pero en castellano”.

Pepe Grosso, coordinador del proyecto, explica que los menores inmigrantes acuden al instituto todas las tardes, de 4 a 8. Antes de salir del centro de estancia temporal las cuidadoras (personal del SAMU) pasan lista para que no les falta de nada: zapatillas, ropa adecuada, la carpeta con las fichas, el estuche, la tarea hecha y la merienda.

Ejercicios que hacen los menores en sus horas de clase.


Ejercicios que hacen los menores en sus horas de clase.

Ana Chueca

Cuando llegan, primero, tienen alfabetización, hasta las 6. Tras media hora de descanso en el patio que aprovechan para merendar, unos tienen Educación Física y otros educación emocional y luego, al revés. Aprenden el idioma, pero también cómo relacionarse entre ellos y con los demás trabajando la educación afectiva.

Cuando los niños se van, los profesores aprovechan para reunirse y ver cómo ha ido la tarde y si el desarrollo de los niños va bien, de paso, redactan un informe sobre el avance de la alfabetización de los menores.

“Ya he visto que Youssef controla el ‘la, le, li, lo lu’, todavía le hace falta trabajar un poco más ‘al, el, il, ol, ul’”, dice uno “¿Les ponemos un examen el lunes que viene?”, se preguntan contentos de ver que sus esfuerzos tengan su fruto.

Arantxa, Roberto y Antonio cuentan, sorprendidos, que una de las primeras cosas que entendieron al instante y que no hizo falta volver a repetir fue la diferencia entre tú y usted. “Suele ser un concepto que cuesta aprender a los niños españoles”, aseguran. “Estos tienen muy presente el principio de autoridad. Saben quién es el profesor y se comportan sin necesidad de decirles nada, no hay que mandarles callar. Es un choque cultural que los que les damos clase y el resto de profesores seamos tan cercanos con ellos”.

Los profesores de los menores marroquíes destacan que el resto de maestros se quedan sorprendidos del buen comportamiento que tienen. “Cuando pasan por el aula nos suelen decir que ‘¡Qué angelitos!”.

Tampoco quieren mentir y aseguran que hay días más difíciles que otros, en los que cuesta hacer que se concentren en las tareas que hacen. “La pesadumbre los invade, cuando se acuerdan de su familia y de su tierra y cuesta mucho sacarlos de ahí”, describen otra parte del día a día. Una de las orientadoras recuerda como hace dos días, Tarek llegó llorando desconsoladamente y no se conseguían entender: “Con el traductor de Google me enteré de que no conseguía contactar con su madre y que la echaba de menos. Al final pudimos hablar con ella”.

Estos menores hablan a diario con sus progenitores al otro lado de la valla. Al menos así se lo cuentan a sus profesores. En un castellano todavía salpicado de dariya (árabe marroquí), les cuentan que sus padres les dicen «que se porten bien» y «que sean buenos». Ellos les responden con una foto de las notas que el profesor les escribe en la agenda. No entienden nada, pero la carita feliz que acompañan a sus palabras basta para ver que todo va bien.

Al margen de los propios maestros, uno por cada grupo, cada instituto cuenta con medio cupo de Pedagogía Terapéutica o Audición y Lenguaje, otro medio de profesor técnico de servicios a la comunidad, uno de orientación (un mismo profesional se comparte con otro centro). Y además, otro docente que ha sido liberado media jornada por el propio centro para coordinar a todos los docentes y el desarrollo de las clases.

Un vehículo del SAMU que transporta a los menores desde el centro en el que viven al colegio.


Un vehículo del SAMU que transporta a los menores desde el centro en el que viven al colegio.

Ana Chueca

Para reforzar el programa, fueron contratados 17 profesores, una decena de orientadores y personal no docente. Para el grupo de escolarización no obligatoria, de 16 a 18 años, el refuerzo fue muy parecido: 30 profesores, una decena de orientadores y personal no docente.

Además de los menores escolarizados en grupos segmentados (al margen del resto de alumnos), en el CEIP Príncipe Felipe y Rosalía de Castro hay siete menores por debajo de los doce años en un nivel un año inferior al que les correspondería por edad, escolarizados junto al resto del alumnado de Infantil o Primaria.

Mayores de 16

Es el artículo 27 de la Constitución Española es el que recoge el derecho a la educación y reza así: “La obligación del Estado español de escolarizar a todo niño o niña que resida en territorio español, garantizando una plaza escolar, sin que pueda ser cuestionado en ninguna circunstancia o limitado por problemas administrativos o documentales de sus familias”. En definitiva, escolarizando a estos niños acogidos por la administración (en el caso de la Esperanza por la Ciudad, en el de Piniers y Santa Amelia por la Delegación del Gobierno) se está cumpliendo con la ley.

En España la educación es obligatoria hasta los 16 años, después depende de la elección del propio menor. Del casi medio centenar de menores que tiene tutelados la ciudad, la mayoría corresponden al grupo de edad de 16 a 18 años en el que la escolarización no es obligatoria.

Para estos, la Unidad de Programas Educativos (UPE) de la Dirección Provincial de Educación ya ha cerrado una propuesta de atención educativa que se basará en realizar una evaluación individual previa, para después “poner en marcha las aulas móviles que se han adquirido para su instalación en los campamentos de Piniers programas de alfabetización y de primer nivel de Formación Profesional”, explicaba la directora provincial del MEFP.

Según los últimos datos que ofreció la administración local, bajo su tutela hay alrededor de 470 menores. Es una cifra reducida prácticamente a la mitad después de los grupos que trasladaron a los centros de menores de la península, 55 que fueron repatriados y los que han cumplido los 18. Además, de los que se han marchado por su voluntad cruzando el Estrecho en barca, colándose en los barcos y camiones o pagando miles de euros a las mafias.

La suerte de los que están a punto de cumplir la mayoría de edad acaba de cambiar con la última modificación de la ley de extranjería. Ahora, tras perder la tutela del estado al cumplir los 18, podrán acceder a un permiso de trabajo, pese a la situación irregular en la que se encontrarán. Esto es que podrán trabajar pese a no tener los papeles en regla, algo que no estaba permitido antes. Este nuevo régimen jurídico permitiría de una forma más eficaz la inclusión del colectivo, además de homologar la norma española con otros países europeos.

Los menores del Abyla, después de las dos primeras horas de alfabetización tienen un descanso de media hora aproximadamente. Salen al patio y devoran la merienda. Al principio era imposible conseguir que los chavales pudieran comer algo, y siempre volvían con el mismo zumo y el mismo bocadillo al centro. Ellos mismos explicaban a los monitores por qué: “Estamos acostumbrados a comer una vez al día. No nos entra tanta comida”. “Dándoles poco a poco, cada día un poquito más, hemos conseguido que coman”, dice uno de los trabajadores del SAMU que los acompaña y recoge a diario del centro escolar.

Imagen de la pizarra donde los menores marroquíes dan sus lecciones.


Imagen de la pizarra donde los menores marroquíes dan sus lecciones.

Ana Chueca

Preguntados por cuál es la principal diferencia de estas clases con otras de niños españoles en las que también han sido profesores, Arantxa, Antonio y Roberto responden que “tienen ganas y eso se nota”. «Vienen aquí porque quieren estar, tienen ganas de aprender, nos piden que les pongamos más tarea y eso nunca solía pasar”. “Están contentos”, valoran, “desde que llegaron han dado un giro a bien increíble”.

Todos los alumnos tienen una agenda en la que los profesores les escriben a diario cómo se han portado “y les encanta. Luego van al centro y se las enseñan a sus monitores para qué vean todo lo que han aprendido ese día”. Como si se tratase de los padres con los que no pueden compartir su vida porque están al otro lado de una valla infranqueable.

En el patio, se sientan y hablan entre ellos. Tienen sus grupos, como en cualquier otra clase, se escuchan y se apoyan. “Hay mucha solidaridad, solo ellos saben realmente por lo que ha pasado el otro y se entienden”, dicen los maestros. “No hay competitividad entre ellos”, describen la diferencia de otros grupos de españoles en los que han impartido clase: “Se nota mucho como los más mayores ayudan a los más pequeños o como echan un cable a los que les cuesta más”.

Son un grupo de niños, cada uno con sus historias únicas que se cortan por el mismo patrón: la miseria de una tierra que no les deja más opción que escapar. Ninguno quiere volver a Marruecos, todos tienen familia allí. Familia a la que echan de menos, pero a la que la vida que les ha tocado vivir les ha enseñado que a veces por mucho que duela es mejor dejar ir a un hijo con tal de que al menos tenga una oportunidad para sobrevivir.

Problemas sociales

Los profesores que imparten las clases son interinos. En principio, se trataría de un tema sin relevancia, si no fuera porque en Ceuta los interinos llevan sin cobrar dos meses, camino de tres. Tanto la administración como los propios afectados por este problema de gestión que hace que las nóminas no lleguen a final de mes, están cansados de explicar y repetir este problema nada tiene que ver con la rapidez del MEFP para articular un programa de educación para los niños entrados en mayo.

Les enfada que se aprovechan de su situación para hacer un uso partidista en contra de un grupo de niños porque, “que los menas estén escolarizados y nosotros no hayamos cobrado aún no tiene nada que ver”. De hecho, los fondos para estos dos asuntos salen de fuentes distintas. “El programa se financia con los fondos europeos de emergencia que nada tienen que ver con los Presupuestos Generales del Estado”, de donde sale el sueldo de los interinos, explicó en declaraciones a los medios la directora provincial del MEFP, Yolanda Rodríguez.

Un grupo de menores en la entrada de uno de los institutos de Ceuta.


Un grupo de menores en la entrada de uno de los institutos de Ceuta.

Ana Chueca

La media hora de descanso ha terminado para los menores del IES Abyla y vuelven a las aulas. Mientras un grupo da educación física, el otro tiene educación emocional. A la vez que hacen deporte, repasan la lección que han dado ese día en alfabetización. “Hacemos juegos y ejercicios en los que tienen que poner en práctica lo que han visto en clase. Operaciones matemáticas, vocabulario, partes del cuerpo… No solemos jugar a fútbol. Eso ya pueden hacerlo en el centro”.

A las ocho menos diez, en las puertas del centro de secundaria, les esperan sus monitores para recogerlos y volver juntos. El personal del SAMU pregunta a los profesores qué han visto hoy en clase para repasarlo de camino a la que es su casa desde hace cinco meses, los centros de estancia temporal para menores.


Marta Del Rosal

Marta Del Rosal

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