Agapita y Félix, los “abuelos” de Chapinería, esperando el fin de la pesadilla: “Sólo quiero volver a regar mis plantas”

Agapita sonríe incluso en mitad del cansancio. Tiene 82 años, un nombre que suena a pueblo y a abuela, y una forma de hablar que convierte cualquier conversación en un refugio. Está sentada en el punto de acogida de Villaviciosa de Odón, donde estos días permanecen principalmente vecinos evacuados de Cadalso de los Vidrios y algunos de Cenicientos. Ella, sin embargo, ha llegado desde Chapinería, donde vive desde 1967 junto a su marido, Félix.
No vieron las llamas demasiado cerca, cuenta, pero sí el humo, las cenizas y el miedo a que el fuego pudiera avanzar. "La alcaldesa Lucía Moya ordenó la evacuación por prevención" y ellos terminaron allí, en Villaviciosa, en ese lugar provisional donde los días se hacen largos y la cabeza se queda siempre en casa. "Estoy un poco cansada, ya deseando irnos a casa", reconoce Agapita. No se queja. Al contrario. Agradece el trato, bromea con que aquello parece "un hotel de cinco estrellas" y reparte palabras bonitas en forma de poema a quien se le acerca. Pero cuando habla de su casa, la voz se le vuelve más pequeña.
"Estoy preocupada por mis pequeñas plantas y por mis flores. Tengo cuatro. La casa espero y deseo, quiero creer que esté sana y que no haya pasado nada", dice. No tiene mascotas. Tiene plantas. Sus plantas. Sus flores. Ese pequeño jardín que, en medio de una emergencia, resume todo lo que una persona deja atrás cuando sale de casa sin saber cuándo podrá volver.
"Navaluenga es el número uno; Chapinería, el número dos"
Agapita nació en Navaluenga, en Ávila, aunque lleva casi toda la vida en Chapinería. Lo explica con una jerarquía muy suya, entre la nostalgia y el cariño. "Navaluenga es el número uno. Chapinería, el número dos", dice, y enseguida matiza que quiere a los dos sitios. Solo que uno llegó antes. A Chapinería llegó en 1967. Allí hizo vida con Félix, su marido, con quien comparte una historia de trabajo, campo y resistencia. Fueron pastores. "Cabreros", matiza Félix. Iban y venían con los animales siguiendo los tiempos de la tierra. "Llegamos aquí de transhumancia con los cabros. Veníamos en invierno y luego en verano nos íbamos a Navaluenga, porque aquel terreno era más fresquito y era nuestro pueblo", recuerda.
Agapita y Félix, el matrimonio evacuado de Chapinería que encontró refugio en el centro de acogida de Villaviciosa de Odón. / ASMN
La vida fue cambiando. Ya no tienen cabras, ni tampoco coche porque a Félix, con 90 años, el volante ya se le resiste. Pero siguen juntos, como han estado siempre, afrontando ahora otra mudanza inesperada: la de tener que dormir fuera de casa por un incendio que ha alterado la vida de varios pueblos de la sierra. "Nosotros ya estamos como la Puerta de Alcalá: mírala, mírala", suelta Agapita, con una risa que desarma.
Una generación acostumbrada a tirar hacia delante
A Agapita no le cuesta hablar de trabajo. Al contrario. Lo cuenta como quien habla de lo que tocaba. Desde muy pequeña, dice, había que ayudar. A los abuelos, a los padres, luego a los hijos y, si hacía falta, a los nietos. "Nuestra generación ha tenido que ayudar a los abuelos, luego a los padres, ahora un poco a los hijos y, si llega, a los nietos", resume. "Nos ha tocado ayudar en todas las generaciones". Félix también trabajó desde niño. En el campo, con animales, en la granja escuela de Chapinería. Ella lo mira con orgullo. "Ha sido muy trabajador y buena gente", dice de su marido.
Ahora sus hijos y nietos están pendientes de ellos. Les llaman, se preocupan, quisieron ir a buscarlos, pero los accesos no lo pusieron fácil. Las carreteras cortadas y la situación en la zona obligaron a esperar. Ellos, de momento, siguen en Villaviciosa, con la paciencia justa y el deseo cada vez más grande de regresar.
"Me gusta decir cosas bonitas"

En el punto de acogida, Agapita destaca sin buscarlo. Saluda, sonríe, habla con quien se cruza. Dice que le gustan las plantas, los niños y la gente. Que quiere que todo el mundo viva bien. Que intenta ser agradable porque las palabras, también en una emergencia, pueden cuidar. "Me gusta ser agradable y decir siempre cosas bonitas a todo el mundo", explica. Y después deja una frase de esas que parecen aprendidas de memoria, pero que en su boca suenan vividas: "Las frases bonitas tienen dos ventajas: relajan los oídos que las oyen y los labios que las componen".
Luego recita unos versos, como si el fuego quedara por un momento suspendido fuera del pabellón: "Eres linda campanita que crece en la primavera, que se cría en la pradera y la más bella margarita que se ha visto en una pradera". Agapita se ríe. Acepta abrazos. Pregunta por la comida. Mira hacia donde está Félix. "Yo quiero que todo el mundo sea feliz", dice.
En medio de una emergencia, Agapita no solo espera volver a casa. También recuerda, sin proponérselo, que incluso en los días más difíciles hay personas capaces de ofrecer belleza con una frase.
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