“Se tiran millones a la basura”

Se mudó a Madrid apenas cuatro meses antes de ser declarado el estado de alarma, en 2020 y pasó toda la pandemia en un piso interior del centro de Madrid. Fue justo después, en el desconfinamiento paulatino, cuando comenzó a dar largos paseos urbanos alrededor de la Castellana. “Quería patear la ciudad y conocer gente con la que había hablado por redes sociales. Por aquel entonces estaba empezando a compartir en Instagram algunos proyectos que me interesaban o me parecían jocosos, pero todo por escrito. No hacía vídeos ni reportajes como ahora”, señala Erik Harley (32). Poco a poco, el catalán fue diseñando 12 rutas por España en los que exploraba el despilfarro de dinero público en construcciones emblemáticas y costosas tales como rascacielos, instalaciones deportivas o rotondas. Todas ellas están recogidas en su primer libro Rutas por la España del ladrillo. Tres años después, Harley publica ‘Pormishuevismo: Rotondas y mamotretos’, una excusa para seguir hablando de territorios, urbanismo y paisajes, dice.
“Quería dar protagonismo a otros proyectos que, quizás, no tenían sentido en el libro anterior. Se trata de un trabajo personal de años. Siempre he sido un loco de las rotondas, me han llamado mucho la atención. Con el tiempo he acumulado infinidad de datos random y anécdotas en mi cabeza que, ahora, están plasmados en un libro”. Un proceso lento y pausado que, según dice, es difícil de gestionar en “el capitalismo salvaje en que vivimos”. Erik se graduó en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona en 2015, donde se especializó en escultura. Desde entonces ha explorado temas como la periferia, la identidad urbana y las transformaciones del espacio público, llegando a acumular más de 500.000 seguidores en redes sociales. Su discurso gira en torno al ‘pormishuevismo’, un término que él mismo acuñó y que hace referencia al falso movimiento artístico que critica. “No deja de ser una palabreja disonante, que me parece tan horrorosa y testosterónica como la forma de acercarse al mundo que denuncia. Me la inventé para poder hablar de las disciplinas en las que, lamentablemente, España arrasa, como son la gentrificación, la especulación y la turistificación de nuestros centros urbanos”, suma.
La rotonda del monstruo de Leganés, obra del artista d'Emo que hace referencia al monstruo del Lago Ness. / Agencias
Hablarlo desde ese punto “satírico” y “ácido”, señala, le ha permitido hacerse un hueco en los medios de comunicación y llegar a las personas: “Se lo cuento a quien jamás se había interesado por el urbanismo. Son temas que se abordan siempre para arquitectos y no para los ciudadanos que somos realmente quienes recibimos el diseño de ese urbanismo”. Acostumbrados a verlo como el “telón de fondo de nuestra película”, Harley cree que determina la forma en la que evolucionamos como sociedad: “Es crucial para entender la comunidad en la que vivimos”. Durante la creación de su segundo libro, se ha puesto en contacto con la mayoría de ayuntamientos cuyas rotondas ha analizado. “Me he sorprendido porque casi ninguno las tiene catalogadas. Es más tedioso ir a documentarse a las fuentes oficiales que preguntar directamente al escultor por su obra. En las administraciones públicas no se ha hecho el trabajo de catalogar y mantener lo que hemos pagado todos”, lamenta. Su pasión por el ladrillo viene de aquellos paseos con su madre, en los que ella le decía “que mirase hacia arriba en vez de a la acera”.
"Un monumento al clasismo"
“La construcción es una forma fácil de leer la sociedad, su economía, sociología y política. Depende de lo que nos rodee, tendrá unos anhelos, miedos y deseos diferentes. Sólo con arquitectura se puede cambiar la vida de la gente y eso es un superpoder. El simple hecho de vivir en una calle con masa arbórea cambiará radicalmente la salud de nuestros pulmones y, por ende, tu vida. También poder bajar a la plaza y encontrar bancos donde sentarse sin necesidad de consumir una Coca Cola en un bar. Igual que conducir 20 minutos en coche para llegar al supermercado más cercano”, apunta. El ‘pormishuevismo’ antepone la cantidad a la calidad y pone, por ejemplo, una ciudad en medio de ninguna parte o hace algo sin pensar en si es lo que el territorio necesita, si es la escala justa o en la usabilidad que se le dará: “La Comunidad de Madrid concentra más edificios y mamotretos que cualquier otra zona de España. No deja de ser un área con pocos kilómetros cuadrados y mucha concentración de poder”. A la hora de definir la capital, Erik utiliza los términos “exceso”, “literalidad” y “desvarío simbólico”.
El Obelisco de Calatrava en la Plaza de Castilla de Madrid. / Agencias
El artista analiza los 12 monumentos y construcciones repartidas por los municipios madrileños que han captado su atención. Comienza con el letrero Welcome to fabulous Las Matas situado en este núcleo poblacional de Las Rozas de Madrid, al noroeste. Fue retirado por el ayuntamiento después de que un estudiante lo colocara en 2011. Sin embargo, una recogida de firmas lo trajo de vuelta por petición popular. Entre las páginas del libro también aparecen la Cabeza Olmeca, una rotonda en Vallecas que replica la Cabeza Colosal nº8 de México; La Espiral de Rivas-Vaciamadrid; la Fuente de la Peseta en Tres Cantos, que se elevó en plena transición al euro; el Monumento al Calvario de Navalcarnero, constituido por 12 esculturas de mármol blanco que homenajean la crucifixión de Jesús y en el que el ayuntamiento gastó 212.280 euros; o la Reina Mariana, ubicada en una rotonda de Alcobendas, que pesa 12 toneladas y costó casi 650.000 euros. Leganés aparece por partida doble, con las glorietas de Las Meninas y el Monstruo de Leganés, que hace referencia al parecido fonético entre Lago Ness y Leganés.
Cierran la lista el Oso Boadilla, en Boadilla del Monte, y el Obelisco de Calatrava, en la Plaza de Castilla. “Este oso de color verde fue hecho por d’Emo, un artista muy querido desde las instancias públicas. De hecho, en el acceso a IFEMA hay también uno de estos. La presidenta se fue con Hombres G a Miami para promocionar una variante de este animal con la bandera de la Comunidad en el pecho, como una especie de baluarte de la cultura madrileña en el mundo. Me impactó y me pregunté: de todas las cosas que se han hecho, ¿un osito de gominola es la punta de lanza? No sé. Lo triste es ver cómo quien se acerca al poder ve materializadas muchas más cosas en los caminos predilectos de la ciudadanía”, critica. En cuanto al obelisco, el catalán cree que es un monumento “a la desigualdad y al clasismo”. “Es un palo de 14 millones de euros que hemos puesto en la calle cuando en la misma ciudad continuamos teniendo gente sin luz, como en la Cañada Real. No es dorada, es cobre bañado en oro de verdad”.
Un enorme oso verde se eleva sobre una de las rotondas que distribuyen el tráfico entre Boadilla del Monte y Majadahonda. / Agencias
El futuro de las rotondas
No aparece en el libro, pero el Centro de Creación de las Artes de Alcorcón (CREAA) también ocupa un importante lugar en el imaginario de Harley. “Se construyó durante el estallido de la burbuja inmobiliaria, cuando parecía que si ponías un museo o equipamiento cultural en un territorio, de repente lo situaban en el mapa. Se entendió muy mal lo del efecto Guggenheim. El CREAA estaba pensado para la formación en artes escénicas en la periferia de Alcorcón. Hicieron este mamotreto cuyo auditorio tiene 600 canchas de cobre, un disparate a nivel arquitectónico. Fueron muchos millones de euros tirados a la basura y estuvo muchos años en desuso, pero al menos este se construyó. Hay otros en los que hemos despilfarrado millones públicos y ni siquiera se han llegado a construir, siendo aún más surrealista, como la Ciudad de la Justicia, un proyecto de Aguirre que pretendía ser Las Vegas de la judicatura en Madrid. No existe pero todo el mundo cobró. También son curiosas las historias del Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal y las piscinas de unas Olimpiadas, que jamás se han realizado en Madrid. Todavía no se han terminado”, explica.
Erik no se olvida del circuito de Fórmula 1 que “se ha prometido” a la ciudadanía “con coste cero” y por el que “ya se han pagado bastantes millones públicos”. “Me recuerda al de Valencia, para el que se dijo lo mismo y acabó costando 307 millones de euros a la ciudadanía”, insiste. Una rotonda no es una tontería. Y él lo ha comprobado: “Es el centro de un camino, un lugar preeminente donde exponer algo, erigir un monumento que hable de derechos conquistados por la ciudadanía o momentos históricos en los que hemos conseguido cosas como nación, pero no. Hemos decidido poner jamones, morteros o tomates. Madrid es ilustrativa, al ser la zona de España que más rotondas por habitante acumula. No odio ninguna de ellas, pero hay que poner cada cosa en su sitio. Detrás de su construcción debería haber profesionales del arte en vez de políticos. Se nos fue la mano hace 10 o 15 años y ahora están frenando un poco. Algunos alcaldes utilizan las rotondas para que todos hablen de sus ciudades y creen que arreglan el PIB del territorio”. Harley concluye la entrevista reflexionando qué será de las más de 200 rotondas que ha catalogado dentro de 50 años: “Algunas habrán sido víctimas del vandalismo”.
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