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De izquierda a derecha Nacho Cuesta, Alfredo Canteli y Alfredo García Quintana en el campanario de la catedral. | Irma Collin Carlos LAMUÑO


La idea es que el ayuntamiento y la arquidiócesis firmen un convenio. Un convenio que consiste en actualizar el proyecto arquitectónico y ejecutar la obra. Pero también en la organización de su explotación. Para estos últimos, la idea es que el consistorio refuerce el personal encargado de realizar las visitas turísticas a la catedral. Según ha afirmado el concejal de Turismo Alfredo García Quintana, se pretende que “no quede un solo turista que salga de Oviedo sin subir a la torre de la catedral”. Durante la subida, con el alcalde marcando el ritmo a buen ritmo, los ayuntamientos comentaron cada una de las actuaciones que conviene realizar. Los pasos fueron el primer objetivo. El pasamanos, quitado en algunos lugares, el segundo. Desde el primer punto de vista, la terraza sobre la Domplatz con el rosetón al fondo, el alcalde y su segundo a bordo aprovecharon la posición privilegiada para comentar lo que más les ha preocupado en los últimos días, el reglamento de terrazas. . A partir de ahí, ambos vieron a los responsables de los bares de la catedral colocando las primeras mesas y denunciando que “Oviedo corresponde”. Antes de esta primera excursión se encuentra la sala de contrapesos del reloj barroco de Ramón Durán. Un sistema obsoleto porque ahora es electrónico pero lo seguirá siendo. También están los moldes de yeso que hizo Luis Menéndez-Pidal para restaurar las piezas dañadas en la guerra civil. Las formas de las gárgolas parecen ennegrecidas desde los estantes hacia la habitación.

De izquierda a derecha Nacho Cuesta, Alfredo Canteli y Alfredo García Quintana Irma Collin


El ascenso sube por una escalera de caracol que se vuelve infinita. El polvo de las paredes deja su huella en la parte inferior de los pantalones de vestir de los miembros del equipo de gobierno y en los codos de sus chaquetas. Cuando llega a la segunda parada, la sala de campanas, queda claro dónde se debe realizar el trabajo más profundo. El salón tiene dos pisos de madera que crujen bajo los pies. Además de la estrechez de la subida, esta fue siempre la razón por la que las visitas se realizaban siempre en grupos reducidos. El arquitecto de la catedral, Jorge Hevia, confirma: “Hay que renovar la madera del suelo”. En el segundo piso de la sala se encuentran las siete campanas de la torre, uno de sus tesoros más valiosos. El timbal, el de Posar, el primer timbal, Santa Bárbara, el Esquilón, el Santa Cruz y el Wamba, la campana más antigua utilizada en España. La historia de la wamba, que dará nombre a un hotel frente a la basílica, también quisiera recogerse en los paneles informativos que se instalarán en esta parte de la torre. Además, la propia campana contiene información, inscripciones que con el tiempo se han vuelto casi ilegibles. El proyecto que ahora quiere salvar el ayuntamiento también incluye la limpieza de las campanas para que frases como “Honorem Salvatoris” (“En honor al Salvador”) puedan volver a ser homenajeadas.

El último tramo de la planta renacentista, que sirve como mirador principal de la torre, es más complicado porque lo que antes era un pasamanos de piedra discontinuo ya no está allí. Esta última subida conduce al terreno que construyó Rodrigo Gil de Hontañón en el siglo XVI. Desde allí es casi tan espectacular ver la ciudad a través de sus cuatro miradores como lo es desde el techo, donde la luz juega a través de los espacios vacíos que deja la arquitectura de la flecha. Desde allí, suba cuatro pequeños tramos de escaleras, uno en cada esquina, que conducen a unos minúsculos miradores. El punto más alto de la catedral que puedes escalar.

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